Una comunidad ideal es una en la que todos son importantes, y en donde todos participan. Las comunidades se forman para lograr un bien en común, Común-Unión, vale decir, la importancia no es el bien individual, sino que el bien de todos.

En este contexto, como miembros de una comunidad, al igual que las células y órganos de un cuerpo, todos somos necesarios y debemos preocuparnos de ser un aporte, y de que todo funcione como corresponde. Una comunidad de montaña no es menos comunidad que cualquier otra, aunque pase por altos y bajos estacionarios consecuencia de la época del año, pero una vez de regreso en la montaña, la comunidad vuelve a cobrar vida. Nuestra mayor virtud es nuestra naturaleza, nuestro paisaje, nuestra nieve. Esto es lo que más debemos proteger y hacer respetar. Nuestra segunda mayor virtud es nuestra identidad y nuestra cultura, formada por generaciones de apasionados pioneros y montañeses.

Cada rincón de un pueblo de montaña cuenta una gran historia, desde su construcción a pulso y con mucho esfuerzo, a las miles de noches de tormenta dando refugio y calor. Un pueblo de montaña es un pueblo solidario. Ayudamos a empujar el auto y a poner las cadenas, ayudamos a descongelar las cañerías, subimos los encargos de Santiago, damos refugio a los amigos de los amigos. Antiguamente, cuando se construyeron los primeros refugios todos participaban, a veces con pocos recursos y pocos conocimientos, pero con mucho entusiasmo y mucha pasión, así se forjó la comunidad de montaña, y ese es el espíritu comunitario que debe prevalecer.

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